martes, 20 de noviembre de 2007

Más que bella




A veces ella pensaba que lo que había aprendido servía
sólo para guardárselo en la cartera,
en su bolsillo o en la bolsa del pan.

A veces ella pensaba que las estrellitas
eran muy pequeñas y lejanas para poder alcanzarlas,
aún cuando juntara todas las escaleras del Orbe.

A veces ella creía que sus proyectos
sólo iban a servir para alimentar el viento
y que con la velocidad de éste, se iban a escapar.

También ella pensaba que para subir las montañas
sólo se debía caminar mirando hacia las cumbres,
sin mirar a quienes caminan a su lado.

Ella miraba su gran corazón y pensaba que, tal vez,
ocupaba un espacio demasiado grande
a la hora de tomar decisiones.

Ella pensaba que sus manos eran poderosas
porque hacían crecer las plantas del jardín, hacían mermelada,
acariciaban con pasión y hojeaban libros maravillosos.

Un día atrapó una de las tantas ideas que con el viento solía
escaparse.

Lo pensó bien y se dio cuenta que las montañas también se
pueden subir de la mano de otros.

Miró de reojo las estrellas y ya no
le parecieron tan altas.

Con sus manos maravillosas tocó su corazón
y le pareció que su dimensión generosa era un bulto fácil de cargar.

Sólo sonrió con convicción y con la certeza que siempre tuvo guardada
y dijo: "las cosas van a cambiar, claro que las cosa van a cambiar".

jueves, 24 de mayo de 2007

Para Mamilita



...Es chiquitita y tiene alitas que nadie ve, solo yo. Habla despacito y agudo cuando juega con las muñequitas, ositos, perritos y todos los cachivaches que acompañan su comparsa. Lee en silencio revistas de caricaturas y se ríe con carcajadas que alegran las frías tardes de invierno. Tiene el pelo largo y desordenado y la frente con pequeños pelillos, es espigada y rellenita.

Es cachetona (arriba y abajo) y tiene ojitos bailarines. Es hermosa y alegre como las mariposas de la primavera, como la espumita del mar, como el agua cantarina de los arroyos campestres.

Todavía tiene en la frente el olor a merengue de cuando nació, eso y el remolino de pelillos de la espalda la distinguían de las guaguas que había en el hospital cuando llegó a este mundo en el frío otoño del 96.

Es cómica, se sabe miles de chistes que son de Condorito pero que ella dice que inventó y que los ignorantes, que jamás han leído la revista, le creen.

Dibuja con frenesí niñas, reinas, princesas, hadas y perritos, nunca los pinta, solo dibuja, dibuja y dibuja, como si los lápices y las hojas de papel se fueran a extinguir del planeta.

Se refiere al perro como si fuera su hermano chico. En las tiendas de ropa de niño ella mira los chalecos, pantalones y zapatos e imagina al can con los atuendos. “¡Qué lindo se vería el niño con ese polerón!” comenta en las tiendas; todos pensarán que es su hermanito o primito a quien se refiere, pero no, es al perro, que por cierto detesta ponerse incluso las capuchas de perro.

Debe levantarse después de las 9:30, pues sufre de acidosis dice la pediatra, si se levanta antes tendrá arcadas y será blanca como un papel. Para sacarse los dientes pide que le compren un chicle, el cual al mascarlo deja el diente atrapado en la goma y después lo retira, dice que el método es bueno y no duele mucho.

Antes de dormir le gusta que le apachurren el cojín y que le revisen la pieza por si hay arañas o bichitos minúsculos que no son bienvenidos. También le gusta que le hagan “cuevita de osito” que consiste en aplastar la frazada a su lado y dejar un espacio cómodo para que se mueva.

Antes de dormir le ofrece a uno a cambio de todo el ritual, “la marmota del día” que consiste el hacer la mímica de una marmota (con cara de marmota) bailando tap, comiendo marisquitos, despertando de su fase de hibernación, entre otros.

Coopera poniendo la mesa, hace a veces su cama, pica tomate con cuchillo y también frutas blandas, que siempre terminarán en el mismo postre, mezcladas con yogurt.

Le gustan las lentejas, las guatitas, el pollo asado y las papas fritas con sabor a jamón. De las frutas prefiere las frutillas, las frambuesas y las mandarinas. Le cargan las tortillas, excepto la de porotos verdes. Tampoco le gustan las cosas que tengan consistencia de leche con sémola.

Cuando se enoja parece un tomate taimado. Sabe que tiene derechos y los defiende sin miramientos, pero no le gusta estar peleada y se le quita rápido. Le gusta dormir conmigo y se pega como si fuera un koala, aún cuando hace calor.

Tiene un olfato demasiado desarrollado para el común de las personas, percibe y distingue con nitidez diferentes aromas. Sus papilas gustativas también están bien hechas, fue la única además de mí, que tardíamente me di cuenta del error, que detectó que al pavo asado en vez de soya le había echado vainilla.

Entre las dos hay antenas invisibles que comunican los pensamientos, ella ya se dio cuenta pero aún no le hemos encontrado mucha utilidad práctica, más que andar en sintonía.

Si ella me pidiera que le regalara un consejo, yo le diría que ella es hermosa, inteligente y noble, pero la hermosura, la inteligencia y la nobleza de nada sirven cuando no se comparten con los demás, no sirve de nada tenerlas guardadas en el fondo del cajón de nuestra alma, pues se añejan se desvanecen y de poco sirven.

Le diría que lo más importante en la vida es tratar de ser cada vez mejor, de aprender más y más sin desfallecer, pero no para coleccionar condecoraciones, sino para ayudar a todos los que no han tenido la misma suerte de uno, a los que les cuesta más, a los más débiles.

Si me pidiera que le contara un secreto le diría que yo creo que las mamás y los papás siempre hacen lo posible para que los cerebros de sus hijos adquieran todas las herramientas que le puedan ayudar a tomar las mejores decisiones en su vida, es por eso que a veces somos catetes y cargantes, pero es la única manera que tenemos para asegurarnos que nuestros hijos sabrán que hacer cuando no estamos con ellos. Le diría esto, pues el cerebro es muy importante para amar, que es lo más importante que hacemos las personas, pues yo creo que las personas deben aprender a amar tanto con el corazón como con el cerebro.

Yo la amo y la amaré por siempre, sin titubear … mis antenas estarán inevitablemente conectada con su ser, como una hebra invisible. Estaremos irremediablemente unidas, porque ella es mía, porque yo soy de ella, porque somos ramas de un mismo árbol.


martes, 15 de mayo de 2007

Kavita


Kavita saca las hojas secas del rosal de rosas amarillas, que es su preferido. Lo rodea buscando alguna hoja que perturbe su belleza perfecta. Respira pausado para auyentar la tristeza y trata de pensar en otra cosa. Piensa en los pajarillos que acaban de anidar y que pronto sus huevos serán hermosos pichones. Pero ella ya no estará. Se arrepiente y prefiere no pensar en nada que haga emprender un vuelo hacia el futuro, aunque sea un futuro cercano.

Cierra los ojos para tranquilizarse y respira profundo para llevarse el aroma de las violetas y de las frutillas guardados en los pulmones y en el alma. Sus orejas se hacen gigantes para guardar el sonido del viento entre las hojas de los árboles y el trino de los pajarillos. Cómo guardarse la luz de octubre en los ojos para alumbrar a noviembre en las tierras desconocidas? Cómo guardar la frescura del arroyo para humedecer los ojos secos de tanto añorar el jardín?

Kavita se saca sus zapatitos de seda bordados con dragones dorados y rojos y siente la tierra húmeda en la planta de sus pies. Los dragones bordados la miran y no saben que decir. Deshace su trenza con sus manos con aroma a lavanda y el viento la despeina mientras llora en silencio. El viento la envuelve en espiral como si no quisiera dejarla ir.

Quién sacará la mala yerba que todo lo invade cuando Kavita no esté? A quién vendrán a visitar las mariposas azules en primavera? Los caracoles se detienen a mirar a Kavita envuelta por el espiral de viento, pero saben que ya nada pueden hacer y siguen plateando las hojas de las calas. Las nubes avanzan por el cielo sin mirar hacia abajo.

Kavita no te vayas- la corteza del árbol se quebraja. Kavita pasa sus manos de lavanda por el árbol sin decir nada, pero en el silencio parece escucharse-Debo partir.

Los peces del arroyo cierran los ojos y se dejan llevar por la corriente. No vale la pena quedarse, quién les tirará migajas de pan en las mañanas?


Kavita se sienta en el tronco del viejo roble muerto y cubre su cara con sus manos. El viento despierta el cañaveral que la llama con su toc toc. El sol la cubre con un manto de calor y siente alivio y protección. Saca de su bolsillo un trozo de pan y comienza tirar migajas y las palomas comen pan perfumado de lavanda. Luego mira sus manos de niña con grietas de anciana, y en sus manos ve las manos de su madre y las manos de su abuela.

Cuánta tierra has plantado, escarbado, cuántas plantas has podado, cuánto sol te ha oscurecido la piel hermosa Kavita? Tu presencia se confunde en el jardín, entre las amapolas, entre las yerbas, entre las sombras de los árboles. Tú eres el hada del jardín, cómo haremos para no morir de pena cuando ya no estés?


Mariposa se posa en el hombro de Kavita y le dice: Todos tenemos que partir alguna vez, todos debemos en algún momento dejar nuestro jardín, por más hermoso que sea. Kavita, el jardín se va también contigo, pues fueron tus manos las que lo cultivaron, fueron tus pies los que lo recorrieron para llevar el agua, el abono , tu amor, tu magia y tu bondad. Tú sabes el oficio de jardinera y donde quiera que vayas volveran a florecer las violetas, los suspiros treparán entre los robles y la lavanda perfumará los atardeceres. Por qué dudas Kavita? Todo el jardín lo sabe y a pesar de estar triste también está alegre, pues sabe que tú sembrarás nuevos y bellos jardines por todo el Orbe, para que los niños puedan jugar, para que los abuelos se puedan tender en las hierbas en la primavera, para que los hombres puedan respirar su perfume en las tardes que se sientan agobiados de recorrer su dura vida. Kavita, límpiate las lágrimas y empaca tus herramientas y llévate las semillas que guardaste, el próximo jardín te espera.

Que te vaya bien Gaby.........




Ella, la otra y él.

Ella mira el tronco de la parra, luego sus uñas largas, medio pintadas y llenas de tierra y de sangre. Está agotada, más cansada que cuando trabaja hasta las tres de la mañana embalando uvas en el packing. Las ramas de las parras bloquean parte de los rayos de sol que le están cayendo en la cabeza. A lo lejos se escucha el canto de los queltehues, pero no cantan para ella, pues ella ya no escucha nada de afuera, solo oye palpitar la locomotora de su corazón, que pareciera estar decidida a escaparse de su escuálido tórax.

Se da cuenta de que tiene sentimientos encontrados, no contrapuestos u opuestos, como se suele usar el término, ella ha “encontrado” sentimientos que pensó que había perdido en la lejura del tiempo.

La furia y la rabia parecían haber desaparecido, se habían diluido en la resignación cotidiana de comprobar con insistencia que casi siempre los que piensan sin mayor reparo que “la vida es así”, “es penca”, “es sufrida”, “es una mierda” tenían irrefutablemente razón. Se había acostumbrado a tragarse a borbotones la rabia de ser miserable, de tener calzones rotos heredados de su hermana mayor; de tener que comer semanas enteras tallos de acelgas fritos, de vivir en una casucha hedionda y sucia; de que su padre curagüilla no le haya dado un puto peso a su madre desde que tenía ocho años y que por esa razón tuvo que dejar la escuela cuando apenas estaba aprendiendo el rítmico “mi mamá me mima” de la página 22 de su libro escolar amarillento; de tomar té pelado en el invierno y lavarse todas las mañanas con el agua fría de la vertiente que pasaba por el lado de la casucha; de cuidar los cabros chicos que su madre no se cansaba de traer al mundo todos los agostos, año por medio, durante ocho años.

También se trago la furia que le producía las refregadas que su cariñoso patrón de 60 años le hacía todas las tardes de miércoles cuando la esposa se iba a la peluquería. Él la había pedido a su madre que se la mandara para que le sacara brillo a las manillas de bronce de las treinta y cuatro puertas de su casa; mientras ella fregaba las manillas él le refregaba su lánguido aparato. Nunca la violó, en términos técnicos, solo se refregaba. Ella no miraba, ella no hablaba, ella parecía no estar ahí. El patrón se engolosinaba con el meneo, no le hablaba, sólo de vez en cuando hacía observaciones de alguna mancha que aún persistía en la manilla o en la cerradura de la puerta.

La vida y la desesperanza era una misma cosa, como dos hermanas huérfanas y siamesas que jamás se iban a separar y ella, como buena aprendiz, comprendió que no había nada que esperar. Para ella el tiempo parece un mal trámite que se desea resolver en forma rápida para sufrir menos de hambre de comida, de hambre de cariño, de hambre de dignidad.

Nunca alegó mucho, el silencio era un refugio concurrido. En su cabeza están arrumbados sentimientos que nunca han tenido una palabra asociada, ni un chillido, ni un llanto.

Pero que le iba a hacer, la furia y la rabia se le metieron hoy en la cabeza y nada pudo hacer…

Su chala derecha está rota en el empeine y parece que su pie se fuera a escapar hacia adelante. Sus dedos tocan el barro del suelo, el barro está tibio y dulce, pues las uvas maduras aplastadas en la tierra han hecho lo suyo. Ella tirita pero por dentro; las vísceras vibran con frenesí, pero eso desde fuera no se ve. Su lengua está amarga pero ella no se detiene en esos detalles. Su frente está húmeda de sudor, el sol es inclemente bajo los parronales en enero, y esta vez no es la excepción. Sus manos, su pelo y su ropa tienen olor al azufre de las uvas.

Su ropa es vieja, gastada y surcida para hacer desaparecer los hoyos de la tela casi transparente de tanto pasarle escobillazos en la batea de madera, pero está limpia, huele a jabón barato y si no fuera porque le salpicó sangre en el hombro, estaría todavía pulcra. La sangre solo ha tocado la ropa, pues la hombrera de su blusita ochentera, le ha protegido.

En su cuello cuelga la virgen de lo rayos. Los rayos que alumbran los oscuros sentimientos no brillaron lo suficiente, pero Dios no tiene la culpa, ni la virgen, ni tampoco los rayos.

El tiempo se ha detenido, un hilo de saliva espesa se chorrea por la orilla de su boca con la lentitud dilatada de las tardes calurosas. Parece que un caracol invisible descendiera de la boca hacia el cuello dejando su mácula plateada. El rimel se resbala deprimente por la mejilla; las lágrimas, los mocos y el sudor ya son casi la misma cosa.

En el suelo, a su lado, hay una radio chica a pilas, es blanca y tiene marcas de dedos. Se escucha deprimente y mal sintonizado a Umberto Tozzi cantando “Yo caminaré”; ella lo oye pero no lo escucha, ella mira pero tampoco ve.

Está inmóvil, sus ojos miran la tijera de podar que está con la punta sangrienta enterrada en la tierra. El mango tiene cinta adhesiva café para que no le dañe los dedos al podar las parras. Por un momento lo ha olvidado todo, su mente está atascada en un embudo, hay mucha información apilada y desordenada que debiera pasar por ese conducto pequeño de la conciencia, y definitivamente el pensamiento se detuvo, no siente nada, no pasa nada. No pasa de “pasar”, no de “suceder”.

La Otra está en el suelo. La polera está empapada en sangre, parece un trapero, no solo su polera sino también su cuerpo. Las flores estampadas están mojadas, están ahogadas, están brillantes, pero también se van morir. Sus ojos están cerrados, parece dormida, pero no lo está. Cuando la vida la olvidaba no pensó en Él, ni en Ella, pensó en su madre. La vio sentada en la esquina del catre, con su pelo perfumado con colonia Coral, sacando con un fósforo los rastrojos de rush y esparciéndolo por la boca y diciendo como siempre “usted no va a ser como yo”, pero que le iba a hacer, siempre es más fácil caminar por rutas ya conocidas.

No se mueve ni lo va a hacer más, tiene moscas en la cara. Su cara aún está rosada, parece una niña bella y dulce durmiendo siesta en la tarde veraniega, ojalá fuera así, ojalá fuera verdad. En su vientre aún hay vida, pero pronto se fatigará de buscar oxígeno en un cordón morado medio retorcido y sin flujo.

Ella tiene los ojos con nubes negras, la Otra tiene un cielo apagado bajo los párpados que se pondrán irremediablemente fríos.

Ella está anestesiada e imagina un barranco que se aparece delante de sus pies. La Otra está en el fondo del barranco y aún no lo sabe.

Ella sabe que perdió, que es la que más perdió. La Otra se canso de creer infructuosamente en Dios, por eso nadie la recibió al otro lado del umbral.

Ella ahora piensa en el nombre de Él, como si solo fuera una palabra, una palabra pastosa que se atasca en la lengua al pronunciarla, es solo un sonido el nombre, no hay carne que lo afirme.

La tercera vez que pincho el corazón de la Otra, pensó solo por un segundo, “¿vale la pena?” y la respuesta fue “sí”, pero ahora no está tan segura.

Ella está sola, siempre estuvo sola a pesar de estar acompañada, la soledad la había maldecido con su compañía perpetua y que la Otra sea un estropajo seguro no empeoraría las cosas.

La Otra solo le recordó lo que Ella ya sabía, que no valía nada, que era fea, que era hedionda y le quitó algo que realmente nunca le perteneció.

Las nubes de los ojos de Ella se empiezan a correr y el estropajo rojo aparece delante, lleno de moscas. Ella mira, como si recién hubieran puesto ahí a la Otra.

Él está llegando a la casa. Se agacha y mete las manos al agua de la acequia. El agua es fría pero cristalina. A unos metros se ve como emerge de la tierra, es una vertiente pura. Se moja el pelo, el cuello y lava su cara. Está sudado, pero no hay olor desagradable, es solo olor a hombre, a macho maduro. Sus manos son callosas y grandes. Su piel es morena de tantos años al sol arriba del tractor rajándole la guata a la tierra. Es macizo y fuerte, su cuerpo es fibroso y varonil, pero no se vanagloria, él anda por la vida sin mirar mucho para el lado si no es estrictamente necesario, es callado y bruto en el trato. La gentileza y la dulzura son rarezas prescindibles. No tiene muchos amigos, no los necesita, eso piensa.

Se sienta en la banca bajo el sauce y saca la cortapluma y empieza a limpiarse las uñas, una a una, meticuloso, prolijo, certero, con la habilidad que solo da la obsesión, pues se limpiaba las manos y las uñas al menos un par de veces al día. Luego agarra un diario de hace dos domingos atrás, que se trajo de la oficina del patrón. Lo hojea y solo se detiene en las fotos y en los titulares de letras rojas. Saca un cigarro, le pasa la punta de la lengua a lo largo, así se consume más lento, según él, lo enciende y lo fuma con gozo. Expulsa el aire por la boca y lo sopla hacia su nariz para volver a inhalar el humo, así lo hacía su padre y también su abuelo.

Tiene hambre pero sabe que poco debe haber en la cocina. Se acerca al durazno, con la orilla de la camisa limpia la hoja de la cortapluma. Saca un durazno y comienza a pelarlo dejando una hebra delgada y larga de cáscara que cae al suelo. Corta trozos y los mastica sin mucho gusto, la fruta está dulce y ácida en su justa medida. Pero el preferiría que fuera un estofado caliente con una marraqueta, pero ayer Ella se acostó con cara larga, así que no le cocinó y él de esos menesteres poco sabe.

En la mañana ella se fue y él no la escuchó o no la quiso escuchar, que al fin y al cabo es lo mismo.
Él la amaba, a su manera, claro está y el problema, seguramente era ese, su “manera”. La conoció cuando eran niños y a pesar de que bonita ella no era, tenía algo en su caminar tenue, algo como el aire fresco en verano, que no se ve pero se siente y alivia. Sus ojos le parecían aguados como si hubiese llorado y esa mirada vidriosa se le aparecía en los sueños, como si tuvieran algo que decirle.

La amaba en silencio durante años pero nada hizo hasta que en la fiesta de fin de temporada, le preguntó a boca de jarro si se quería casar con ella. Nunca antes le había hablado, pero para él no era importante y para ella tampoco. Se casaron a la semana siguiente solo por el civil, hicieron una once para los ocho invitados y eso fue todo.

Entre los dos siempre había silencio y se acostumbraron a vivir así. Un día Ella se enteró que no podía tener hijos. Él la encontró sentada en el sillón, llorando, Ella le contó lo que pasaba pero el no dijo nada, la abrazó. Él nunca tuvo mucho interés en tener hijos, pero sabía que Ella sufría con la noticia, pero no podía encontrar palabras que no conocía y prefirió callar.

Él mira la única nube del cielo y se sacude las manos chorreadas de durazno. A lo lejos escucha la bulla de los queltehues y piensa en los días lluviosos de junio, necesita más sombra que sol, siempre ha sido así.

Él es en el fondo un buen tipo, lo sabe, pero Ella no le cree. Las viejas copuchentas hablan más de lo que deben y le dijeron que Él tenía otra. Ella no creyó, pero finalmente le entró la duda.

Como Él sabe que no es así ni se preocupó de las caras largas y de los silencios más prolongados que los habituales. En verano, después de la faena llega reventado y cuando se acuesta se queda dormido, por eso no notó tanta lejanía en el trato.

Él no tiene malos presentimientos, pero extrañamente no para de pensar en los queltehues que siguen gritando insistentes. Mira a su alrededor y ve el rosal, es extraño piensa, estamos en verano y tiene un gran ramo de flores rojas. Observa detenidamente las rosas y en esta ocasión le parecen más rojas.