domingo 15 de enero de 2012

Ornitomancia


Teresías dejó de ver la luz del sol. Pálido vio que el día se volvió noche, para siempre, lo sabía, no había vuelta atrás. La piel de Atenea se veía suave mientras el agua la acariciaba en la fuente Hipocrane, sin tener necesidad de tocarla, su textura se percibía con el nervio ocular, que ya sabemos , muchas veces hace mucho más que solo ver. Casta, púdica, aturdida por el ojo impertinente, Atenea, orfebre de la calamidad de Teresías lo vuelve ciego en la falda del Monte Helicón: un mortal jamás debió osar dirigir su mirada a su cuerpo desnudo y el atrevimiento se castiga.

Cariclo, su madre , le ruega a Atenea el perdón. La súplica venía desde las entrañas, pero bien lo sabemos, en los actos de los dioses no hay vuelta atrás, pero Atenea, lo pensó y dio a Teresías otro don, que de cierta manera también es, de alguna manera, la posibilidad de ver: Teresías adquirió el don de comprender el lenguaje de los pájaros.

Cierra los ojos y escucha a las aves y probablemente algo de lo que no puedes ver comprenderás, como lo hacía el ciego Teresías. Yo no pude, al menos hasta ahora, sin embargo, mirar a los pájaro, al igual que a las plantas deja buenas lecciones para la vida. Cuatro aves me han deslumbrado por diferentes razones y algo de ellas he aprendido.

Una vez estaba al frente de la Posta Central y un taxi avanzó a velocidad normal cuando la luz dio verde. Las palomas que estaban en la calle volaron: todas menos una. La rueda avasalladora le trituró tres cuartas partes del cuerpo, menos el ala y la cabeza. Muerta en vida por uno minutos siguió aleteando y las palomas se devolvieron a verla, tratando de entender con su enano cerebro. La paloma solo era una ala y una cabeza, lo demás era una delgada película sangrienta con plumas: era y no era una paloma al mismo tiempo. Estaba tan muerta como viva, espantosa simultaneidad que duraría unos cinco minutos, no más que eso, ni menos tampoco. El horror y la esperanza en cinco minutos. La vida y la muerte en el punto exacto donde se juntan ambas rectas. Fue tan rápido para el observador y de seguro tan lento para la paloma.

Otro día, probablemente antes o después, eso ya no viene al caso, el sol se escondía y yo estaba en el centro de Santiago, era otoño. Debía sacar plata en un cajero automático, era la primera vez que lo hacía. Entro, paso la tarjeta y obtengo el dinero. Al salir miro el suelo y había un picaflor muerto. Sus plumas eran verde tornasol, era tan pequeño y frágil y aun muerto seguía siendo hermoso. Nunca vi un picaflor inmóvil, en el campo y rara vez en el patio de mi abuela se les veía revoloteando con sus alitas casi invisibles, con su piquito dentro de las dulces flores. La única explicación es que haya vivido o sobrevivido alguna vez en el Cerro Santa Lucía, pues sépalo el lector que no conoce Santiago: en nuestra ciudad no hay picaflores. Yo lo miré y admiré, lo suficiente como para no olvidarlo.

Cuando fue el terremoto del 2010, a pesar de la crudeza del movimiento que despertó a gran parte de Chile a las 3 de la mañana, yo dormí perfectamente esa noche. Toda mi familia y los alrededores estaban bien y poco o nada se puede hace sin luz ni pilas para la radio. Solo quedaba dormir, al menos para mí. Nunca le he tenido miedo a los temblores, aunque debo reconocer que esté supero mis expectativas, en algún momento pensé que un movimiento podía ser tan fuerte que podía hacer desparecer la humanidad y el planeta, pero como ante aquello tampoco se puede hacer mucho, mi opción y la de mi familia fue resguardarnos y resignarnos: ambas cosas al mismo tiempo. Santiago no tiene costa, por lo tanto la posibilidad de un Tsunami no era posible y eso era un gran alivio. Al amanecer, el trino de una ave extrañe me despertó: era una gaviota. Llamó a mi hija y mi esposo y por la ventana vemos volar a una desconcertada gaviota, perdida, sin rumbo, buscando mar y solo viendo cemento, cemento y más cemento. La tierra se mueve, las aves se pierden, y las personas de cierta forma y en cierto plano también.

Hace unos días paseaba a mi perro para que se secara, pues lo había bañado. El sol de las doce del día es la mejor hora para bañar a un perro en enero pues se seca muy rápido si uno lo hace correr por la calle donde los rayos caen perpendiculares. Lo llevo a su paseo correspondiente, y en medio de la calle veo algo como un papel plomo, que se mueve, pequeño, como estuviera pegado al piso. Me acerco y me doy cuenta que es un zorzal bebé, hermoso y está muriendo. Solo mueve un ala y su corazón late muy fuerte dentro de sus frágiles costillas. Lo tomo en mi mano y lo llevo a casa para que al menos muera en la sombra, más aliviado. Dejarlo ahí significaba en el mejor de los casos morir quemado por el sol y en el peor de los casos morir atropellado de una vez. Aunque en honor a la verdad eso de morir rápido y de una buena vez tal vez era mejor, pero de todos modos lo lleve a casa.

Todos los día en la mañana les tiro migas a los pájaro y me escondo tras la cortina a ver como se las comen. Me gusta ver como llaman a otros pájaros o como los más pequeños mueven las alas y las madres y padres le dan miguitas en su piquitos. Siempre pienso en que sería muy bueno poder tomarlos y tocarles sus plumitas, pero esto no funciona así: ellos son libres y yo me conformo con verlos. Tal vez por eso es que me gusta tomar los pajaritos aunque estén agónicos, porque se quedan quietos, mansos como si fueran una mascota aunque no lo son.

El zorzal agónico tenía el pico abierto, no lo cerraba, así que yo le di agua con mi mano . De mala gana la tragaba, porque no le quedaba otra, no tenía fuerza para esquivar ni cerrar el pico. Cerraba los ojos, se iba a dormir para siempre. Le mojé un poquito las plumitas para que aliviara del calor. He visto a sus parientes juguetear en los regadores del parque, por lo tanto no parecía descabellado aliviar su muerte inminente. “Está en la fase de muerte digna” recuerdo que dijo un doctor cuando mi suegra agonizaba en el hospital y eso no es otra cosa que reconfortar el dolor, acunada en opioides que hacen el tránsito hacia el más allá más tenue, más suave, más imperceptible. Algo así yo pensaba en dar al zorzal, por eso lo puse en una maceta en la sombra, a la orilla de mi ventana para poder ver que nada lo perturbara. Le dejé una gran miga para que si lo requería, comiera, pero su pico no se cerraba, su corazón se escapaba y su ojos cada vez estaban más tiempo cerrados.

Yo lo miraba morir y era triste y bello a la vez: al menos no había un calor infernal sobre él, al menos no vería acercarse una rueda mortal. Yo había cocinado arroz y la Camila me dijo que moliera unos granos con agua y se los diera, como las papillas que le dan las madres a sus crías. Tomé dos granos y los trituré con agua y los puse en mi mano. Llego a la maceta y el zorzal estaba de pie, me mira con sus ojos hermosos abiertos y se va volando, con sus plumitas húmedas, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera pasado.

¿Que diría Teresías haciendo uso de su don celestial? Nada sé de ornitomancia, pero a veces no es necesario quedar ciego con la mano de Atenea para sacar lecciones del fortuito encuentros con las aves en la vida. Uno aprende de la vida en la medida que logra dar significado a pequeñas situaciones, que tal vez para muchos otros son insignificantes. Los paros se leen , como se leen las plantas, como se lee el clima, como se lee la historia de las personas.

Aprendí de la fragilidad de la vida, de la hermosura inmóvil que no se puede pagar con un puñado de billetes, aprendí de la descolocación, del desconcierto y aprendí que siempre se puede uno levantar y escaparse de la desgracia para salir volando como si nada hubiera pasado: como si nada hubiera pasado.

sábado 7 de enero de 2012

LA PALABRA CALA



De qué nos hablamos cuando estamos solos? Cuáles son las palabras que se cruzan por nuestras cabezas cuando no hay nadie que nos hable? Qué palabras escuchamos? Cuántas de ellas configuran lo que entendemos como realidad, como sueño, como deseo, como anhelo?

Solo palabras no son “solo palabras”, eso lo sé. Cuando niña fui al dentista, fui muchas veces al dentista, y cuando tenía 15 años el dentista me dijo: “tu mandíbula es deforme, te tienes que operar o no tendrás pololo”. Yo ya estaba con el Nelson, por lo tanto no me importó, bueno, no me importó tanto, porque al menos una parte de la aseveración era falsa. Nunca me operé, al menos de la mandíbula no lo haré.

Hasta los 21 años pensé que una era lo que le decían que era. De porrazo aprendí que una es una y eso es solo gracias a lo que piense. El pensamiento es palabra y con esas palabras que una se repite es capaz de hacer trazos que generen la arquitectura del ser. Con más palabras es a la vez la albañil que poco a poco va dando forma y cuerpo al constructo.

Esas palabras que nos repetimos a nosotros mismos son las que nos tallan y configuran desde dentro hacia afuera, las que nos hacen diferentes, las que nos transforman. Como la palabras que nos repetimos no son solo un mantra , podemos cambiar en el tiempo, ser distintos, ser mejores y también ser mucho peores.

Muchas de las palabras que están fuera de nosotros las llevamos hacia dentro y las ubicamos en ciertos ámbitos, posiciones, espacios, dimensiones.

Del mismo modo, las palabras que de nuestra boca salen o de nuestra escritura, también cambian el mundo que nos rodea. El poder no es otra cosa que lograr meter en la cabeza de los otros la idea de que hay alguien que es superior y a quien se le debe obedecer: El poder son palabras metidas en las cabeza de las personas, que condicionan su actuar.

Josué Vaval, mi compañero haitiano del Magíster de Ciencia Políticas, me contaba que en Haiti una señora le contó una vez que le daba miedo pasar por fuera de la casa de gobierno de Duvalier, porque pensaba que le podían leer el pensamiento y descubrir que era de oposición.

“El poder depende del control de la comunicación, al igual que el contrapoder depende de romper dicho control” dice Castells. Para él la forma esencial del poder está en “la capacidad de modelar la mente”.

Por eso es que la palabra cala, por eso existe en educación lo que se llama el curriculum oculto, que no son otra cosa que las palabras que llegan a nuestra mente aunque no estén en el programa. El curriculum explícito o abierto, por el contrario es la voz que el Estado valida, para que ciertas palabras y de cierta forma y modo, lleguen a las mentes de los niños y niñas.

Por eso es que no da lo mismo dictadura o régimen como sinónimos, como si lo mismo fuera, porque el lenguaje crea el mundo que habitamos al nombrar y denominar. La cultura no es otra cosa que una red de redes de conversaciones como dice Maturana.

Dictadura no es igual a régimen, porque la palabra cala, se mete adentro, se aloja, se queda, se incrusta como un ladrillo y no puede sonar blanco algo que fue oscuro. Solo las calas son blancas, como las del cuadro de la Ivalú, no las dictaduras.

viernes 21 de octubre de 2011

Hay hospitales



Hay hospitales que no sanan, ni con el tiempo, ni con el espacio.

Hay hospitales no sanan a otros ni se sanan a si mismos.

Viven arrojados como un perro sarnoso gigante,

echado esperando por lustros,

mientras sus orejas sangrientas nadie las lame.

Hay hospitales que no curan ni siquiera al aire que se cuela por entre sus pasillos mohosos,

tampoco curan el agua que gotea a través de sus pisos porosos.

Hay hospitales sin gente,

sin camillas,

sin tubos de oxígeno,

sin enfermos.

Hay hospitales que han nacido y vivido graves,

agónicos, como un niño cianótico que ha envejecido sin darse cuenta.

Hay hospitales que parecen estacionamientos desiertos,

ruinas vivientes en medio del barrio.

Hay hospitales desmantelados por las promesas,

avasallados por plazos incumplidos,

inescrupulosamente en pie.

Hay hospitales que parecen fantasmas,

hay arquitectos que diseñaron un fantasma

y constructores que edificaron un fantasma.

Hay hospitales que en vez de doctores tienen palomas,

que en lugar de murallas tienen aire,

que en lugar de cerámica tienen musgo.

Hay hospitales que nacieron muertos

porque se caerían si la tierra se movía: pero la tierra se ha movido

y son el único muerto en pie que no camina,

pero se nos queda mirando,

sin saber si su cuerpo será devorado por el tiempo o por el desamparo.

Hay hospitales, que dan sombra a sus vecinos, que solo tapan el sol.

Hay hospitales como grandes monumentos al olvido, al desamparo, al silencio administrativo, a la desidia, a la buropatología.

Hay hospitales,

¡ay hospitales!

(para el hospital de mi barrio en la comuna de Pedro Aguirre Cerda)

sábado 8 de octubre de 2011

Para Nelson

Dos manos tiene como dos alas, una a cada lado, demás está decirlo , pero bien sabemos que no siempre lo que está demás, necesariamente está de más. De las manos suben dos brazos que convergen en su cuerpo, ese cuerpo de la buena coincidencia, ese cuerpo que también es mío. Una de las manos tiene una cicatriz, una marca, una huella: se rasgaron los tejidos en cámara lenta mientras los rodillos de la máquina de la textil se quería comer su brazo y arrancárselo de cuajo. Metió la otra mano empuñada a la fierrosa máquina y logró salvarla. Las mujeres descabelladas por las máquinas textiles, literalmente para este caso, hicieron enriquecer al primer vendedor de pelucas de Santiago. Hay máquinas que tragan hombres y mujeres, estás son unas de ellas.

Cuando lo conocí esa cicatriz era fea y rugosa, como tantas otras que traía encima. Con el tiempo fue desapareciendo, algunas de las otras también, otras siguen latentes supongo, pero no le queda otra que aprender a vivir con ellas, como a todos.

Sus manos y sus brazos han sido mi guarida, mi manto. Pocas veces dice que me ama con las palabras que conocemos como instrumentos del mensaje, pero tiene particulares formas de hablar sin voz, de convencer sin sonido, de dar pruebas irrefutables que le permiten a una caminar y habitar el globo terráqueo con la buena sensación de sentirse amada.

Me amarra de una pata cuando me escapo del piso agarrada de la cola de un volantín, me calienta la comida cuando hace frío y me reta si no me pongo calcetines. Me cuida el alma de mi misma y del descalabro de vivir más rápido de lo que debo. Cierra las puertas que dejo abiertas y sabe que soy buena, que en el fondo soy buena.

Nos hemos herido y hemos lamido nuestras llagas con aceites sanadores del amor bravo y desmedido. Sabemos de guerras perdidas y de guerras ganadas, nos hemos fabricado cien veces nosotros mismos. Hemos sido iguales y diferentes con insistencia, hemos crecido y envejecido aprendiendo a conjugar el verbo amar bajo el agua y en el cielo.

Nada nos prometimos para siempre, pero en silencio creíamos que era bueno caminar juntos, sin promesas grandilocuentes, sin traje blanco en altares de un dios de yeso, sin pastel con escalones.

Me gusta como vibra su pecho cuando habla y como cierra los ojos cuando siente. Me gusta ser su amiga, que se ría de mis chistes y que le guste todo lo que cocino. Me carga que coma pan duro y que me mueva los zapatos cuando los dejo al lado de la cama.

Cuidó a mi abuelo cuando olvidó recordar, cuando nos amaba sin saber quienes éramos, lo bañó y le cambio los zapatos cuando se los ponía al revés.

Me aguanta las manías y me espera.

Me espera cuando me enredo en mis alborotadas ideas, en mis obstinadas luchas, en mis testarudas persistencias.

Me esperó cuando tenía 14 y el 28.

Nos hemos esperado cuando la vida ha ido mal, cuando nos hemos alejado, porque lo sabemos: siempre encontramos sentido para seguir juntos.


sábado 23 de julio de 2011

Pisagua y el Carmela



El gesto se les quedó pegado en el rostro, como una mueca, como una foto de dolor adherida a la piel. La tierra de Pisagua se los tragó a medias. El término apropiado no es ese: más bien la tierra piadosa los guardó. La gente veía la portada de El Fortín y decía: parece que los hubieran matado ayer.

Estábamos en el Carmela, yo era del primer Centro de Alumnas elegido por las alumnas cuando volvió la democracia. Bajé las escaleras desde mi sala y fui a hablar con la directora: vamos a hacer un minuto de silencio por los muertos de Pisagua, necesito que nos deje usar los comunicadores. En el Carmela cada sala tenía un parlante en aquel entonces y desde ahí la autoridad solía informar a las alumnas sin moverse del escritorio.

"Pero qué tanto le puede a usted importar eso" me decía la directora, cuyo puesto ejercía durante años incalculables. Para una que cuando tenía 15 años, 10 ya parecen una eternidad de momia chinchorro. "La justicia no significa venganza, solo me gustaría saber quien es asesino, para que cuando me suba en una micro y vaya uno de ellos sentado, poder evitar sentarme a su lado", le respondía yo, con ingenuidad, con esa que parece no medir los riesgos de decir la verdad.

"Directora, además queremos hacer una exposición de DD.HH.". La directora no pudo decir que no, en realidad si pudo, pero no lo hizo, éramos adversarias que se miraban a los ojos y eso a veces es valorado, supongo. Nunca tuve certezas o quizás ya lo olvidé, pero se rumoreaba que la directora, Inés Huerta, tenía familiares de las FF.AA. y aunque no fuera así, de seguro era pinochetista, nadie tenía un puesto como el de ella sin serlo.

Fuimos a la sala donde estaba el micrófono y pedimos un minuto de silencio transmitido a todas las salas. La joven y anhelada democracia empezaba abrir sendas, que había que despejar. El espacio se ocupaba, la tarima se tomaba, y las palabras que una murmuraba se podía transformar en discurso, dolía la guata y tiritaba la voz.

Yo había escrito mi primera columna sobre las osamentas de Pisagua y con calcos la había reproducido, escribiendo decenas de veces lo mismo. Pegué la columna en los diarios murales de las salas. Los profesores lo leían, me miraban y no decían nada. Con el tiempo me di cuenta que eso solía pasar: la gente se traga lo que siente, sobre todo si su pellejo podía estar en riesgo.

Una mañana iba caminando al colegio y la profesora Silvia Navarro me dice: mire, le traje un boletín. Se llamaba El Manifiesto. Yo sin entender mucho lo agradecí. Llegué a la sala y lo leí. Cuando llegué a la contratapa me di cuenta que mi columna había sido publicada y aparecía mi nombre y el nombre del colegio.

Yo no lo podía creer, si yo no era nadie, solo una pendeja loca que escribía como conjuro para espantar los males o para no tragarse la amargura.

Desde aquel entonces arrastro la maldición de escribir sin sentido, sin esperar nada a cambio, ni siquiera un piropo. Solo escribo porque nunca he entendido muy bien a la gente en cuya cabeza habitan palabras que nunca tendrán sonido o caligrafía. Escribo porque en una de esas, alguien lo lee y se da cuenta que la libertad y la justicia son elementos más compartidos de los que parece.

Escribo, porque es lo único que sé hacer.

sábado 16 de julio de 2011

Ella y el chaleco

Era de lana cruda y picaba cuando una traspiraba. Una era chica y corría como loca entonces con el sudor todo pica, al menos a mí, aunque también es probable que sea alérgica a mi misma, no lo descarto. Lo tejió mi madre y era rústico, sin mangas, pero algo era claro: abrigaba, como loa abrazos de la mamá o los del papá.

Antes no era así, era un abriguito largo, claro, largo para una guagua. La lana no se podía perder y como corresponde, se deshizo y se volvió a tejer de acuerdo a las nuevas tallas de la beneficiaria, en este caso yo.

Cuando era muy chica mi mamá me hablaba de muchas cosas y yo siempre tomaba atención a todo, tal vez ella ni siquiera sabía que las cosas, buenas y malas que me decía, nunca las olvidaría. Mientras ella retejía, decía que el chaleco lo había tejido ella cuando estaba presa. Unos años después yo sacaba la cuenta y eso no cuadraba o tal vez si cuadraba.

Yo nací en Chile en estado de sitio, en 1974. Mi familia es de izquierda y desde muy pequeña sabía que vivía en un país en el que se torturaba y se encarcelaba gente. Tenía como 10 años y leía la revista Apsi, la Análisis y el pasquín Unidad y Lucha del Partido Socialista. Mi casa además albergaba a gente clandestina que se llamaban “tíos” y a quienes uno no debía hacer demasiadas preguntas, pero yo igual escuchaba lo que hablaban y entendía, más de lo que debía probablemente.

Una vez leí en una de estas revistas, que habían piscinas con caca en la que metían a la gente y eso me pareció repugnante y me costaba imaginar alguien realizando el “trabajo” de torturar a otro. No entendía como esas personas después llegaban a sus casas e iban al supermercado como si nada pasara, como si lo más normal del mundo fuera ganarse la vida así.

Lo del chaleco no podía ser, pensaba yo, porque según los cálculos que yo sacaba con los dedos, ella es menor que mi mamá, quien me tuvo a los 18 años, entonces sumando y restando, ella habría estado presa siendo menor de edad y uno sabía que la cordura no era necesariamente un bien abundante en los milicos, pero esto, ya era demasiado.

Claro que era demasiado porque era una niña, porque las niñas no ponen en jaque la seguridad nacional, porque las niñas no conspiran contra el Estado, porque existen los derechos del niño, porque sus padres no habían hecho nada malo, porque los niños no pueden ir a parar a las frías graderías de un estadio, porque se les debe proteger, porque son niños, porque son niñas, porque no deben tejer en una cárcel, porque no era su culpa haber conocido al guatón Romo.

Porque no era su culpa creer que la vida podía ser más justa, que podía ser más buena, porque creer eso no es delito, porque si por eso fuera estaríamos todos presos, o muertos o desaparecidos.

Ella estuvo presa, como los delincuentes; bueno como algunos delincuentes pues bien sabemos que los delincuentes más engominados o con buenos apellidos, en realidad pueden llegar a ser prósperos empresarios. Hay delincuentes, como aquel que inventó las bombas de racimo, con las cuales descuartizó a miles de niños al otro lado del océano y ahora, porque hace subir el PIB de su región y apoya la maravillosa ruta del vino, todos le sonríen y visitan su museo. Sus tierras y sus manos huelen a sangre, a pedazos de brazos, a esquirlas incrustadas en la sien, a cabezas que explotaron, a huesos y humo, pero el no irá a la cárcel, ni estuvo en una gradería de estadio, ella sí.

Ella y su chaleco y las mil formas en que éste se ha transformado, hasta llegar incluso a ser un chaleco de mi propia hija, tejido por mis manos, me han acompañado por mucho tiempo, con esos vínculos que la distancia ni el tiempo atenúan, porque ella es buena, porque ha educado miles de niños, porque ha enseñado a educar, porque le lleva ahora luz a los ciegos, porque transformó el dolor en amor, porque vive en ella la niña que transformó la injusticia en algo más digno, en algo más noble, en algo mejor que la revancha, que nada cura, que nada sana, que nada enmienda.

viernes 17 de diciembre de 2010

No ha nacido en un portal de Belén

No ha nacido en un portal de Belén, ha nacido en un barrio y aunque la información es difusa, lo buscamos sin cesar.

Se dice que es hijo de una reponedora de supermercado, de una estudiante de tercero medio, de la niña que se vuela con bencina en la plaza, de la nana que viaja 2 horas para cuidar otros niños que no son los de ella y que los ama como si fueran suyos, de la estudiante de periodismo que vende sopaipillas para pagarse los estudios.

Nada es claro, pero lo seguimos buscando. Dicen que nació hace 10 años, dicen que nació ayer, dicen que está por nacer, todos dicen, dicen, pero nadie tiene certeza.

Que el papá trabaja en una mina, que el papá tiene un puesto de cabritas, que el papá corta el pasto, que trabaja en el municipio, que es dirigente, que el papá se fue: todos hablan y nosotros buscamos y buscamos, lo debemos salvar para que nadie le diga que es feo, para que nadie le diga "flaite", para que nadie quiera ningunearlo, para que sepa que nosotros estaremos a su lado, con toda la fe, aunque se equivoque, aunque cometa errores, aunque le cueste más que al resto, porque nosotros, y solo nosotros, le tenemos fe.

Aunque haya caído en la pasta, lo sacaremos,

aunque haya delinquido, lo apoyaremos,

aunque se quede solo, lo acompañaremos,

aunque esté sucio , lo lavaremos,

aunque nadie dé un puto peso por él, lo buscaremos,

en todos y cada uno de los niños de nuestros barrios, porque sépanlo,

ellos ya no están solos, porque ellos, ya no son ellos,

somos "nosotros".

Jesús vive en los barrios de los que la vida les cuesta más que al resto, no en la luminosa catedral de la plaza.

Donde todos ven carbón, nosotros vemos diamantes.

Feliz Navidad