sábado, 16 de julio de 2011

Ella y el chaleco

Era de lana cruda y picaba cuando una traspiraba. Una era chica y corría como loca entonces con el sudor todo pica, al menos a mí, aunque también es probable que sea alérgica a mi misma, no lo descarto. Lo tejió mi madre y era rústico, sin mangas, pero algo era claro: abrigaba, como loa abrazos de la mamá o los del papá.

Antes no era así, era un abriguito largo, claro, largo para una guagua. La lana no se podía perder y como corresponde, se deshizo y se volvió a tejer de acuerdo a las nuevas tallas de la beneficiaria, en este caso yo.

Cuando era muy chica mi mamá me hablaba de muchas cosas y yo siempre tomaba atención a todo, tal vez ella ni siquiera sabía que las cosas, buenas y malas que me decía, nunca las olvidaría. Mientras ella retejía, decía que el chaleco lo había tejido ella cuando estaba presa. Unos años después yo sacaba la cuenta y eso no cuadraba o tal vez si cuadraba.

Yo nací en Chile en estado de sitio, en 1974. Mi familia es de izquierda y desde muy pequeña sabía que vivía en un país en el que se torturaba y se encarcelaba gente. Tenía como 10 años y leía la revista Apsi, la Análisis y el pasquín Unidad y Lucha del Partido Socialista. Mi casa además albergaba a gente clandestina que se llamaban “tíos” y a quienes uno no debía hacer demasiadas preguntas, pero yo igual escuchaba lo que hablaban y entendía, más de lo que debía probablemente.

Una vez leí en una de estas revistas, que habían piscinas con caca en la que metían a la gente y eso me pareció repugnante y me costaba imaginar alguien realizando el “trabajo” de torturar a otro. No entendía como esas personas después llegaban a sus casas e iban al supermercado como si nada pasara, como si lo más normal del mundo fuera ganarse la vida así.

Lo del chaleco no podía ser, pensaba yo, porque según los cálculos que yo sacaba con los dedos, ella es menor que mi mamá, quien me tuvo a los 18 años, entonces sumando y restando, ella habría estado presa siendo menor de edad y uno sabía que la cordura no era necesariamente un bien abundante en los milicos, pero esto, ya era demasiado.

Claro que era demasiado porque era una niña, porque las niñas no ponen en jaque la seguridad nacional, porque las niñas no conspiran contra el Estado, porque existen los derechos del niño, porque sus padres no habían hecho nada malo, porque los niños no pueden ir a parar a las frías graderías de un estadio, porque se les debe proteger, porque son niños, porque son niñas, porque no deben tejer en una cárcel, porque no era su culpa haber conocido al guatón Romo.

Porque no era su culpa creer que la vida podía ser más justa, que podía ser más buena, porque creer eso no es delito, porque si por eso fuera estaríamos todos presos, o muertos o desaparecidos.

Ella estuvo presa, como los delincuentes; bueno como algunos delincuentes pues bien sabemos que los delincuentes más engominados o con buenos apellidos, en realidad pueden llegar a ser prósperos empresarios. Hay delincuentes, como aquel que inventó las bombas de racimo, con las cuales descuartizó a miles de niños al otro lado del océano y ahora, porque hace subir el PIB de su región y apoya la maravillosa ruta del vino, todos le sonríen y visitan su museo. Sus tierras y sus manos huelen a sangre, a pedazos de brazos, a esquirlas incrustadas en la sien, a cabezas que explotaron, a huesos y humo, pero el no irá a la cárcel, ni estuvo en una gradería de estadio, ella sí.

Ella y su chaleco y las mil formas en que éste se ha transformado, hasta llegar incluso a ser un chaleco de mi propia hija, tejido por mis manos, me han acompañado por mucho tiempo, con esos vínculos que la distancia ni el tiempo atenúan, porque ella es buena, porque ha educado miles de niños, porque ha enseñado a educar, porque le lleva ahora luz a los ciegos, porque transformó el dolor en amor, porque vive en ella la niña que transformó la injusticia en algo más digno, en algo más noble, en algo mejor que la revancha, que nada cura, que nada sana, que nada enmienda.

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